REPORTAJE DE HISTORIA: "Fernando de Magallanes: La Conquista del Estrecho"

El 12 de enero de 1520, una pequeña flota de cinco navíos se adentraba en el Río de la Plata, el inmenso estuario que se reparte hoy entre Argentina y Uruguay. En medio de violentas ráfagas de viento que estuvieron a punto de hacerlos encallar, uno de los barcos, el de menor calado, se internó para explorar el canal; volvió al cabo de dos días para informar de que en ningún punto la profundidad de las aguas superaba los seis metros, que no se apreciaban corrientes marinas y que, además, el agua era dulce. Se trataba, pues, de la desembocadura de un gran río. Y lo que aquella flota estaba buscando era otra cosa: un estrecho marítimo, el que comunicaba el océano Atlántico con el Pacífico por el extremo sur del continente americano.

El comandante de la expedición, Fernando de Magallanes, no se desanimó. Dos años antes, en 1518, había convencido al rey de España para que financiara una expedición con el objetivo de encontrar una ruta directa hacia Asia, a las islas Molucas, fuente del lucrativo mercado de las especias dominado hasta entonces por Portugal, Venecia y Turquía. La ruta propuesta debía bordear América por el sur y cruzar el inexplorado océano Pacífico. Otros navegantes se habían lanzado antes en busca de ese paso; el último, Juan Díaz de Solís, que en 1516 llegó precisamente al Río de la Plata y fue abatido –y devorado– por los indígenas de la zona. Lo que se proponía Magallanes era comprobar si allí estaba el estrecho y, de no ser así, continuar más al sur.

La flota de las Molucas, como se la llamó, estaba compuesta por cinco naos: la capitana Trinidad, la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago. Zarpó de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519. Tras hacer escala en las islas Canarias y Cabo Verde, tocó tierra de Brasil el 13 de diciembre y desde allí costeó hacia el sur en busca del ansiado estrecho. Tras comprobar que el Río de la Plata era un estuario, Magallanes ordenó proseguir el viaje hacia el sur, manteniéndose siempre ojo avizor para localizar el paso; en su obsesión por no pasarlo de largo hizo que los barcos anclaran de noche y navegaran de día lo más cerca posible de tierra, pese a que ello comportaba un gran riesgo de encallar en la costa. Se sucedieron así las pistas falsas, las entradas de mar que resultaban ser grandes golfos, como la bahía Blanca o el golfo de San Matías. El mal tiempo arreciaba y no había día que no sufrieran los vientos del Atlántico Sur y de grandes temporales. El invierno austral se cernía sobre ellos, por lo que el 31 de marzo Magallanes ordenó anclar en un fondeadero que parecía seguro, la bahía de San Julián.

Al abrigo de farallones de roca de 30 metros de envergadura, los marineros pasaron allí cinco meses, dedicados a reparar las naves y a cazar por los alrededores. El ocio forzado, el frío, el racionamiento de la comida ordenado por Magallanes y, sobre todo, la inquietud por el futuro de la expedición hicieron que el descontento se adueñara de los marinos. Muchos se quejaban de la tozudez de Magallanes en mantener rumbo a los hielos del sur, cuando las Molucas estaban al oeste, y aún más de su carácter orgulloso y autoritario, a lo que se sumaban los recelos de los españoles a ser mandados por un portugués. De este modo, el 1 de abril varios oficiales se amotinaron, se apoderaron de tres navíos y exigieron a Magallanes la mejora de las raciones de comida y el regreso a España. Sin embargo, Magallanes logró sofocar rápidamente la revuelta y castigó a los implicados sin contemplaciones. A uno de los cabecillas lo hizo degollar y descuartizar y a otros dos los abandonó en la costa antes de partir, condenados a una muerte segura. A los demás amotinados, unos cuarenta, tras ser juzgados y condenados a la pena capital, los mantuvo con vida, consciente de que necesitaba su colaboración para continuar el viaje. Entre ellos estaba Juan Sebastián Elcano.

Rebeliones y penurias

Estando aún en San Julián, Magallanes decidió enviar a uno de sus navíos como avanzadilla en busca del estrecho. La Santiago, el barco elegido, creyó alcanzar su objetivo el 3 de mayo al llegar a una gran ensenada, pero la exploración demostró que se trataba de otra desembocadura de un río, el Santa Cruz. Los marineros permanecieron en aquel lugar tres semanas, y cuando reanudaron el avance se vieron sorprendidos por una violentísima tormenta que hizo que el barco encallara en una playa de rocas; los tripulantes saltaron a tierra a través del bauprés y, milagrosamente, todos consiguieron salvar la vida antes de que el mar destrozara por completo la Santiago.

A considerable distancia del resto de la flota, sin provisiones y bajo un frío glacial, su situación era muy comprometida. Al final algunos pudieron volver a pie hasta el puerto San Julián y Magallanes ordenó ir en busca de los restantes, también por tierra. El 24 de agosto reanudó la travesía hacia el sur, pero a causa de los temporales aún tuvieron que guarecerse de nuevo durante varias semanas en el río Santa Cruz, donde los marinos se dedicaron a cazar y salar provisiones, hasta que el tiempo mejoró y el 18 de octubre pudieron levar anclas.

Frenados por vientos contrarios del sur, dando bordadas continuas, los navíos avanzaron sin perder de vista la costa hasta que el 21 de octubre, cuando se hallaban a 52º de latitud, avistaron un promontorio que penetraba en el mar. Era el cabo Vírgenes, como lo bautizó el propio Magallanes, por haberlo hallado el día de la fiesta católica de las Once Mil Vírgenes. Tras doblarlo, vieron que un profundo canal se perdía en el horizonte, sin límite visible. Como había hecho antes, Magallanes inspeccionó la zona durante varios días. Envió a las cuatro naves a recorrer las diferentes bahías y canales, a fin de cerciorarse de que no se hallaba de nuevo ante la desembocadura de un río. Esta vez las naves volvieron con la confirmación que esperaba: por fin habían llegado al estrecho.

Un laberinto de canales

Las dificultades empezaron a sucederse. Parte de los marineros reclamaba volver a España para reunir una armada más resistente y mejor abastecida con la que hacer frente a la larga ruta hasta las Molucas, pero la respuesta de Magallanes –la que le atribuye el cronista Herrera– fue terminante: «Aunque hubiese que comer el cuero de las vacas con el que van forrados los mástiles, había de pasar adelante y descubrir lo que había prometido al emperador, pues espero que Dios me ayudará».

La flota emprendió, pues, la travesía, entre un impresionante paisaje de costas verdes y montañas nevadas . El italiano Antonio Pigafetta escribió en su crónica de la expedición: «Creo que en todo el mundo no existe un estrecho mejor ni más bello que éste». Él no era marino; para los pilotos y capitanes el asunto se tornaba más complicado. A lo largo de las cien leguas del estrecho (unos 550 kilómetros), que recorrieron en 38 días, se enfrentaron a fuertes corrientes, olas de varios metros de altura y campos de algas laminarias que se enredaban en los timones. La enorme profundidad del estrecho impedía fondear, por lo que los marinos debían echar cables a tierra, adentrándose en un laberinto de canales y pasos. Además, los fuegos humeantes que divisaban por las noches en las frondosas costas les hicieron creer que en esa Tierra del Fuego, como la bautizaron, había tribus indígenas caníbales; por ello, Magallanes dio orden de que las tripulaciones permaneciesen a bordo y los víveres no hicieron sino menguar.

Además, la sorda resistencia de buena parte de la tripulación al designio de Magallanes no había desaparecido. Cuando, hallándose a mitad de la travesía, Magallanes ordenó a uno de sus navíos, el San Antonio, que explorara unos canales y volviera a un punto convenido al cabo de unos días, la tripulación se rebeló contra el capitán del barco, Álvaro de Mezquita –un primo de Magallanes–y decidió volver a España, convencida de que el viaje era un suicido. Para Magallanes era una pérdida muy considerable. Pero pocos días después otra de sus naves, la Victoria, volvió de una expedición de reconocimiento por el canal con la noticia de que había descubierto la desembocadura y la apertura al océano. El 28 de noviembre de 1520, la flota doblaba el que denominaron cabo Deseado. El acontecimiento se celebró con salvas de cañón y el capitán general Magallanes lloró de alegría, «dando infinitas gracias a Dios que le había dejado hallar lo que tanto deseaba, y que hubiese sido el primero que por aquella parte hubiese hallado el paso tan deseado», como escribió el cronista Herrera.

Entre la niebla, sorteando los islotes Evangelistas, los navíos se internaron en el ansiado mar del Sur, al que Magallanes no tardó en dar el nombre de mar Pacífico por la ausencia de tormentas y las aguas en calma. Pero la breve travesía que se había imaginado el capitán portugués se convirtió en una interminable singladura, de tres meses y veinte días. La sed, el hambre y el escorbuto se cebaron en los navegantes hasta que por fin alcanzaron las islas Filipinas. Allí, en un enfrentamiento con un reyezuelo de Cebú, encontró la muerte el propio Magallanes. Tras toda suerte de peripecias, el 9 de septiembre de 1522, tres años después de su partida, volvía a Sevilla la Flota de las Molucas, o más bien lo que quedaba de ella: un navío con 18 tripulantes a bordo, al mando de Juan Sebastián Elcano.

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