Dos Nuevos Estudios Aportan Pruebas Sobre la existencia del Planeta Nueve

En enero de 2016 un estudio publicado en la revista ‘Astronomical Journal’ proponía la existencia de un noveno planeta, situado en el sistema solar exterior. Descubierto por los astrónomos Michael E.Brown y Konstantin Batygin, su presencia podía inferirse por el comportamiento de un grupo de objetos transnepturianos -aquellos cuya órbita se ubica más allá de la del planeta Neptuno-.

Según aventuraban los científicos, este cuerpo celeste, al que llamaron provisionalmente 'Planeta Nueve', sería un planeta helado de gran tamaño que estaría 70 veces más alejado del Sol que la Tierra y que tendría al menos diez veces su tamaño.

Aunque aún no ha podido ser observado de manera directa, dos nuevos trabajos aportan evidencias que corroborarían su existencia y que muestran su marca en distintos comportamientos de nuestro sistema planetario.

El primero de ellos, llevado a cabo por un grupo de investigadores de Caltech entre los que se incluyen sus dos descubridores, sugiere que este lejano cuerpo celeste podría estar provocando un tambaleo en nuestro sistema. Esto quiere decir que sería el causante de la inusual inclinación de seis grados del Sol en comparación con el plano del sistema solar, algo que los científicos han observado durante años sin encontrar explicación.

El otro trabajo, publicado en la revista ‘Astrophysical Journal Letters’, se centra en un fenómeno distinto: según los investigadores, la órbita de cuatro objetos menores del Cinturón de Kuiper, incluyendo al planeta enano Sedna, no sería aleatoria. En base a sus cálculos, el motivo detrás de este ballet cósmico sería un objeto masivo con propiedades muy similares al Planeta Nueve.

Aunque ninguna de estas investigaciones es la prueba concluyente de la existencia del supuesto planeta, lo cierto es que los datos comienzan a convertirlo en una opción realista. Por su parte, los científicos que primero lanzaron la hipótesis de su existencia creen que podrán observarlo en los próximos tres años. Mientras, ellos y muchos otros seguirán mirando al cielo buscando más movimientos que delaten su presencia.

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